viernes, 16 de enero de 2009


Somos más sensibles a los cuentos, a las historias, que a cualquier otra cosa. Una buena historia siempre es aceptada, y entrará en nosotros para quedarse.
Nos gusta creer, y nos gusta tanto que somos capaces de perder el sentido de la realidad. Preferimos lo que nos cuentan a lo cierto.
Tardaron en darse cuenta, pero muchos ya son expertos en la construcción de cuentos, de virtualidades. Una vez desprestigiados los que se aferran a la Realidad (¡por aburridos, por monótonos!), el camino ya está despejado.
Piense en una marca por ejemplo. ¿Qué conoce más de dicha marca: el producto/servicio o su historia?.
Los cuentos son diseñados para crear fundamentalistas, fanáticos, fieles a una marca. Que dejen de cuestionar lo que realmente ven y disfruten de lo que se imaginan (fruto de lo que les cuentan).
En la novela Maat: ¿jugamos? se describe cómo todo un barrio es capaz de creer y actuar en base a una historia. Un simple cuento que resulta apetecible, irresistible para nuestros cerebros. Muchos lectores lo dan por cierto sin cuestionarlo. Nos sentimos más cómodos en esos mundos imaginarios. La realidad es simplemente mucho más aburrida.
La Realidad ya ha quedado atrás, la acción narrativa y la contra-narración, la lucha de virtualidades hace tiempo que ha llegado... y está aquí para quedarse.