miércoles, 21 de mayo de 2008

El otro día, alguien escuchó a alguien hablar sobre el miedo y la desconfianza que le daban las grandes corporaciones. Había decidido borrarse de Internet.
Intentó cerrar sus cuentas de correo web (para con horror darse cuenta de que no era ni sencillo, ni a veces, posible), intentó retirar sus fotos y sus videos, borrar su calendario web, cerrar sus proyectos públicos, eliminar sus documentos en línea (online), borrar su blog, sus correos publicados en listas, sus comentarios en los foros, y desregistrarse de todos y cada uno de los sitios en los que había dado su datos reales... (en parte o completos)....
Lo intentó, dedicó varios días a intentarlo pero NO PUDO. Se dió cuenta, tarde, de que era una tarea imposible.
Era un problema de extremos.
Podía imaginar el ser capaz de borrar su parte de los datos pero nunca el otro lado, el del destinatario, el del receptor.
Nunca podría borrar los correos que había enviado y que estaban almacenados en cientos de buzones de correo de gente que no conocía realmente.
El otro lado de sus datos no le era accesible. Tomó consciencia de que todo lo que alguna vez había puesto en la red, automáticamente, comenzaba un viaje hacia ese dichoso extremo.
En carne propia descubrió que la famosa seguridad informática tenía un punto débil (otro): podía controlar de algún modo un extremo, pero nunca el otro. ¿O sí?.